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lunes, 13 de octubre de 2008
VISIONS PT-III
El inevitable sentimiento de incomprensión. ¿Fue un sueño o un recuerdo? Pero el amargo sabor de la cobardía sigue latente. Tenemos cosas pendientes, planes incompletos, lugares no visitados, minutos no vividos. Tengo frío…
Y es otro estímulo el que roba mi atención justo en este momento y de la nada, es el olor de tu cabello. Tan presente y tan claro que disminuye el olor del café. Tan fuerte que casi cobra forma frente a mi la textura de tu cabello y su brillo. Casi siento las gotas de agua cayendo sobre mí, el vapor de agua atrayéndome. Tal como antes, tal como siempre ha sido.
Es lo más cercano a tu presencia que puedo poseer en este momento. ¿Cómo olvidar el aroma de tu pelo al salir de la ducha? Tentación y deleite. Y no es la primera que lo siento en soledad, como si mi cerebro mantuviera latentes tus recuerdos y juega con mis sentidos. Como verte sin usar los ojos o sentirte entre la multitud con la certeza de que eres tú y nadie más.
Me levanto, mi pierna izquierda está dormida y tengo problemas para mantener el equilibrio por unos pocos segundos, aún siento vivo tu olor. La luz en la cocina está apagada, no se ve el reflejo de la cocina en la ventana frente a mí. Y las amarillas luces de la ciudad se van opacando tenuemente por la salida del sol. El hechizo de la luna me abandona. Soy un ser normal, un ciudadano, un obrero, una maquina.
Me doy vuelta, regreso a ver el pasillo entre la cocina, el que conduce a mi cuarto. Interesante, la palabra “mío” ya reemplaza a “nuestro”. Pestañeo una vez más, suelo equivocarme al hablar, más aún al pensar. Juegos de la mente.
Camino por el pasillo, la luz roja de la cafetera está prendida. Todo parece cuadrar. Sigo tres pasos más allá, la puerta del baño a medio abrir. Una vez más mi corazón tomando el mando de mi cuerpo, impulsado por el aroma de tu cabello, abro completamente la puerta del baño. Sin prender la luz veo la cortina celeste de la ducha, todo normal. Dos cepillos de dientes, pasta dental, jabón, todo bien.
Un momento, algo no cuadra. El espejo está completamente empañado. Lo toco con tres dedos y los deslizo hasta el borde, no hay dudas, el espejo está empañado, como si alguien se hubiera bañado recientemente en agua bien caliente. No recuerdo haberlo hecho. Realmente sucede algo que no puedo comprender aún. ¿Dónde estás?
Vuelvo al pasillo. Regreso a ver a la sala, la copa vacía de vino sigue donde la dejé, la botella de vino sobre el parlante, la lámpara y una taza vacía. Mis dedos húmedos.
– ¿Ana ?
No sé si por costumbre o por miedo decido pronunciar tu nombre, con duda, sin esperanza, solo un murmullo, lo único que pretendo es una respuesta. Nada.
Regreso mi vista hacia el cuarto, la alfombra gris sigue muerta. Dos pasos más, estoy en la entrada. Arrimo mi brazo izquierdo en el filo de la puerta. Las cortinas blancas no son obstáculo para la luz exterior. El edredón desacomodado como siempre, para qué perder tiempo tendiendo la cama si al caer de la noche –bueno casi siempre- la voy a desarreglar. Polvo sobre la tele, igual siempre me pareció solo un adorno. Un vestido tuyo esta tirado junto a las puertas abiertas del armario, me acerco a levantarlo. No soy ordenado, pero tu vestido rojo en la alfombra gris crea un cuadro casi macabro.
Con cuidado recojo tu vestido y una vez más una nube de fragancia se desprende de él. La primera vez que te vi en ese vestido se recrea con las partículas que vuelan al azar entre mis manos y mis ojos.
Llegué tarde, como siempre. Y no contribuyó en nada a tenerte de buen humor esa noche. Mi afán de impresionarte me hicieron llevarte a un lugar especial, elegante, caro. Pensaba impresionarte con mi terno negro, pero el atraso llamó mas tu atención. Te pasé viendo. Silencio total en el viaje. Yo solo conduje y tu perfume llenó mi carro con una fragancia que nunca desaparecería.
Llegamos, hice el papel de caballero, me bajé y me dirigí a tu puerta a abrirla. Pero no, desde ese momento me enseñaste que no dependerías nunca de nadie, lo aprendí, tu estabas ya de pie fuera del carro y en ese momento me tomé el tiempo de disfrutar el hecho de poder verte en aquel vestido rojo. Esa imagen no me la borraría de la cabeza ni la muerte, me dije.
– No quiero sonar muy cliché, pero, te prometo que te ves hermosa,– y mi intención era sincera, y sé que lo discerniste porque sonreíste, agachaste un poco el rostro y viéndome a los ojos dijiste gracias con solo abrir y cerrar los tuyos. Caí rendido ante ti.
Ni la muerte borrará esa imagen… Me doy vuelta al armario para colgar tu vestido junto a los demás. El armario está vacío. Un solitario armador lleva colgado mi terno negro. No hay nada más en el armario. La impresión de hiela y dejo caer tu vestido. Al caer no percibo nada más que polvo.
Vuelvo a ver a la ventana al otro lado del cuarto y llama mi atención un detalle en el que no me fijé antes. La ventana esta completamente abierta bajo las blancas cortinas. Una ventisca eleva las cortinas, en su movimiento mil figuras se forman bajo ellas.
Y por primera vez tengo la certeza de que esto ya lo había vivido.
---continuará---
lunes, 25 de agosto de 2008
VISIONS PT-II
–No es eso, busca más profundo dentro de ti.
Me sacas tan de repente del asombro con esa frase. Siento amargo el último trago de vino. Espero antes de regresar a verte. Lo admito, tengo miedo. Solo deseo borrar las palabras, esa idea de mi mente. Me acabas de hablar, ¿cómo no puedes estar? Si mis sentidos te sienten.
Deben ser las dos de la mañana, el frío entra sin ser invitado. Truenos a lo lejos vaticinan lo que dentro de mí es inevitable. Me limpio una lagrima de mi mejilla antes de que toque el borde de mi labio. “Busca más profundo”.
Lentamente vuelvo mi mirada, el equipo de sonido está prendido pero dejó de sonar hace largo tiempo, la botella de vino está en el lugar de costumbre, medio llena –o medio vacía- sobre el parlante izquierdo. Unos cuantos adornos de cristal y la lámpara apagada llenándose de polvo en la esquina, desenchufada. Un cuadro en la pared, un paisaje, la misma montaña con un único árbol en su cima, nubes grises, y toques de morado en lo que se ve de cielo. Y estás tú, sentada sobre tus piernas en el sofá, agarrando la taza de café con las dos manos y tu rostro inclinado, estás viendo la línea de luz que surge desde la cocina.
–Mi amor, dime… ¿qué es lo que está pasando?– digo con cuidado de no permitir que se me quiebre la voz.
Inmutable tú. Hace no mucho tiempo te hubieras volteado, me hubieras sonreído de esa manera especial que logra apaciguar todo mal, agacharías un poco tu cabeza y viéndome dirías “ya, olvídalo… todo bien, ¿sí?”, me tomarías de las manos, jugarías con mis dedos sin dejar de verme directo a los ojos. Siempre tienes la cura para todo. Hoy no es así, y yo siempre fui malo para arreglar las cosas. Por eso te necesito.
Busca… busca…
Te miro a los ojos intentando ser tú. La verdad espero una señal de tu parte, un gesto que me guíe y nada. Suspiro.
–Me encanta cómo te queda este vestido,– intentas sonreír. –De negro siempre te ves bien, bebé.– ésta vez soy yo el que intenta sonreír.
Conseguí moverte. Dejas el café en la mesa de un solo movimiento, como si lo hubieras tenido todo calculado. Doblas las piernas delante de ti y las abrazas con los dos brazos, puedo sentir el viento que provocas con tus movimientos. Me miras pero ya no hay ni rastro de cariño en tu mirada. Esa es otra mirada que conozco bastante bien, es la mirada que precede a una acotación aparentemente obvia que jamás puedo adivinar cuál es, esa es tu forma de guiarme.
–¿A qué le temes tanto?
¡He ahí! Me preguntas lo que jamás he sabido responder. Tengo miedo a que tú no estés, a tener que estar solo, a pasar por esto sin tu ayuda. Tengo miedo a la soledad. Tengo miedo a que no estés ahí. Lo sé, pero no lo puedo pronunciar. Me siento como los niños, saben que no pueden contar sus deseos de cumpleaños pues de hacerlo no se cumplen. Es igual, pero al revés.
– No sé, siento tantas cosas, no podría decirte.– Sabes que no te digo la verdad, ni siquiera pude verte.
Dejas de abrazar tus piernas y con tu mano derecha acaricias suavemente mi rostro. Siento el frío de tu mano, siempre han estado frías, siempre. Me agrada.
Te conocí por casualidad, o por regalo del destino. Ese día caminaba apresurado; tarde, como siempre. Empezaron a caer gotas de lluvia, y, a contrario de lo acostumbrado, aminoré el paso, el aguacero, qué mejor excusa. Venía escribiendo versos en mi mente, buscando relatar mi soledad de maneras más convincentes. La bulla de carros, paraguas y gente apresurada sonaban como sacados de una película, todo irreal, lejanos a mí.
La lluvia no tardó en convertirse en algo más, ya podía escuchar los titulares del día siguiente: “Inundaciones en el sur”, “Deslaves en las laderas al occidente de la ciudad”, “Tráfico en la capital: un completo caos”. Yo caminaba lento. Y se rompió el hilo de mis ideas violentamente, un taxi –que nunca falta- acababa de pasarse un semáforo en rojo a toda carrera junto a mí, salpicándome agua en todo mi lado izquierdo. Regresé a ver, no con iras, con esa sensación de conformidad pesimista, me volteé bruscamente, pensé ser el único ser humano del planeta en ese sitio, y sentí algo pinchando mi ojo.
–¡Perdón! ¿Estás bien?
“Esa no era la mejor pregunta para ese momento”, pensé.
–Ah, sí…– Respondí apurado mientras me frotaba el ojo. Con el golpe y la lluvia no pude ver nada.
–Lo que pasa es que este paraguas es demasiado grande, y luego ese taxi… En serio, lo lamento.– Quedé bajo el gran paraguas que hace poco me hizo ver estrellas. –Déjame ver tu ojo.
Me tocaste por primera vez, debió haber sido la lluvia, pero me helaste todo el cuerpo con el toque de tu mano en mi rostro.
Pestañeo otra vez, estoy sentado en el mismo sofá negro de cuero. Hay un olor penetrante a café, hace calor. No estás.
---continuará---
Me sacas tan de repente del asombro con esa frase. Siento amargo el último trago de vino. Espero antes de regresar a verte. Lo admito, tengo miedo. Solo deseo borrar las palabras, esa idea de mi mente. Me acabas de hablar, ¿cómo no puedes estar? Si mis sentidos te sienten.
Deben ser las dos de la mañana, el frío entra sin ser invitado. Truenos a lo lejos vaticinan lo que dentro de mí es inevitable. Me limpio una lagrima de mi mejilla antes de que toque el borde de mi labio. “Busca más profundo”.
Lentamente vuelvo mi mirada, el equipo de sonido está prendido pero dejó de sonar hace largo tiempo, la botella de vino está en el lugar de costumbre, medio llena –o medio vacía- sobre el parlante izquierdo. Unos cuantos adornos de cristal y la lámpara apagada llenándose de polvo en la esquina, desenchufada. Un cuadro en la pared, un paisaje, la misma montaña con un único árbol en su cima, nubes grises, y toques de morado en lo que se ve de cielo. Y estás tú, sentada sobre tus piernas en el sofá, agarrando la taza de café con las dos manos y tu rostro inclinado, estás viendo la línea de luz que surge desde la cocina.
–Mi amor, dime… ¿qué es lo que está pasando?– digo con cuidado de no permitir que se me quiebre la voz.
Inmutable tú. Hace no mucho tiempo te hubieras volteado, me hubieras sonreído de esa manera especial que logra apaciguar todo mal, agacharías un poco tu cabeza y viéndome dirías “ya, olvídalo… todo bien, ¿sí?”, me tomarías de las manos, jugarías con mis dedos sin dejar de verme directo a los ojos. Siempre tienes la cura para todo. Hoy no es así, y yo siempre fui malo para arreglar las cosas. Por eso te necesito.
Busca… busca…
Te miro a los ojos intentando ser tú. La verdad espero una señal de tu parte, un gesto que me guíe y nada. Suspiro.
–Me encanta cómo te queda este vestido,– intentas sonreír. –De negro siempre te ves bien, bebé.– ésta vez soy yo el que intenta sonreír.
Conseguí moverte. Dejas el café en la mesa de un solo movimiento, como si lo hubieras tenido todo calculado. Doblas las piernas delante de ti y las abrazas con los dos brazos, puedo sentir el viento que provocas con tus movimientos. Me miras pero ya no hay ni rastro de cariño en tu mirada. Esa es otra mirada que conozco bastante bien, es la mirada que precede a una acotación aparentemente obvia que jamás puedo adivinar cuál es, esa es tu forma de guiarme.
–¿A qué le temes tanto?
¡He ahí! Me preguntas lo que jamás he sabido responder. Tengo miedo a que tú no estés, a tener que estar solo, a pasar por esto sin tu ayuda. Tengo miedo a la soledad. Tengo miedo a que no estés ahí. Lo sé, pero no lo puedo pronunciar. Me siento como los niños, saben que no pueden contar sus deseos de cumpleaños pues de hacerlo no se cumplen. Es igual, pero al revés.
– No sé, siento tantas cosas, no podría decirte.– Sabes que no te digo la verdad, ni siquiera pude verte.
Dejas de abrazar tus piernas y con tu mano derecha acaricias suavemente mi rostro. Siento el frío de tu mano, siempre han estado frías, siempre. Me agrada.
Te conocí por casualidad, o por regalo del destino. Ese día caminaba apresurado; tarde, como siempre. Empezaron a caer gotas de lluvia, y, a contrario de lo acostumbrado, aminoré el paso, el aguacero, qué mejor excusa. Venía escribiendo versos en mi mente, buscando relatar mi soledad de maneras más convincentes. La bulla de carros, paraguas y gente apresurada sonaban como sacados de una película, todo irreal, lejanos a mí.
La lluvia no tardó en convertirse en algo más, ya podía escuchar los titulares del día siguiente: “Inundaciones en el sur”, “Deslaves en las laderas al occidente de la ciudad”, “Tráfico en la capital: un completo caos”. Yo caminaba lento. Y se rompió el hilo de mis ideas violentamente, un taxi –que nunca falta- acababa de pasarse un semáforo en rojo a toda carrera junto a mí, salpicándome agua en todo mi lado izquierdo. Regresé a ver, no con iras, con esa sensación de conformidad pesimista, me volteé bruscamente, pensé ser el único ser humano del planeta en ese sitio, y sentí algo pinchando mi ojo.
–¡Perdón! ¿Estás bien?
“Esa no era la mejor pregunta para ese momento”, pensé.
–Ah, sí…– Respondí apurado mientras me frotaba el ojo. Con el golpe y la lluvia no pude ver nada.
–Lo que pasa es que este paraguas es demasiado grande, y luego ese taxi… En serio, lo lamento.– Quedé bajo el gran paraguas que hace poco me hizo ver estrellas. –Déjame ver tu ojo.
Me tocaste por primera vez, debió haber sido la lluvia, pero me helaste todo el cuerpo con el toque de tu mano en mi rostro.
Pestañeo otra vez, estoy sentado en el mismo sofá negro de cuero. Hay un olor penetrante a café, hace calor. No estás.
---continuará---
viernes, 22 de agosto de 2008
VISIONS PT-I
Pestañeo, estiro mi brazo sobre el espaldar del sofá de cuero. Bebo otro sorbo del vino tinto de la copa en mi mano derecha mientras cruzo mi pierna izquierda sobre la derecha. Más cómodo que nunca veo por la ventana el contraste de las intermitentes luces amarillas y blancas de la ciudad con la oscuridad de la noche sin luna. Frente a mí el equipo de música, sobre el mueble de madera en la pared de la sala toca alguna antigua melodía de The Dave Matthews Band. Me dejo llevar por los sonidos del saxofón mientras dilato mi imaginación aún un poco más.
Lo único que me vuelve a la tierra es el olor proveniente de la cocina a mis espaldas, ella está preparando café. No solo por curiosidad vuelvo mi cabeza, la puerta entreabierta que separa la cocina del comedor me deja ver algo de tu espalda y las tiras de tu vestido negro. Todavía no te cambias de ropa y en mi mente te lo agradezco. El mismo vestido negro que te tomó dos horas elegir, incluso sabiendo que solo lo utilizarás una vez, esta noche. Pestañeo repetidas veces, hay algo que no cuadra. Otro sorbo de vino, esta vez más largo.
Me desajusto la corbata y zafo dos botones de mi camisa. Cada vez son menos las luces de la ciudad frente a mí. El calor dentro de este lugar me desorbita. Oigo el sonido del café mientras lo viertes en una taza, la misma gran taza verde de siempre, dos cucharadas de azúcar y lo revuelves sin miedo a hacer bulla, no me incomoda. Un sorbo más de vino dejo la copa en el mueble junto al sofá. Estiro las piernas y asiento mi cabeza, miro el techo de madera y los tres focos que añaden a todos los objetos una especie de resplandor amarillo opaco. Sin siquiera tener contacto con la puerta cruzas el comedor y llegas a la sala. El olor del café es más penetrante que el del poco vino que reposa quietamente en mi copa.
No dices nada, es mejor así, te sientas a mi lado. El sofá se resbala un poco mientras te acomodas en él. Mi mirada sigue inamovible, te oigo acercar la taza a tus labios, sutilmente soplas y solo con los labios pretendes tomar un poco. Sé que debo decir algo, abro los labios sin saber qué sería lo correcto para romper el hielo. ¿Debo pedir perdón o pedirte que te vayas? Pero algo más grande dentro mío me aclara que debo dejar que la primera palabra la digas tú, suena lógico.
¬–¿Y?
De todas las palabras en todos los idiomas del mundo tuviste que elegir una sola letra para romper el hielo. Y precisamente esa, es tu excusa para no hablar, para dejar que yo lo diga todo, tu mejor intento de fuga.
–No sé,– murmuro yo mientras me doy un poco más de tiempo para razonar la situación. –No puedo hacerlo, no lo voy a aceptar. LO SABES.
Sí, lo grité. Eso último no lo tenia planeado. A veces el cerebro se adormece por segundos y deja que sea el alma la que tome el control. ¿Qué quise decir con eso? No sé como voy a tenerlo claro todo, necesito más tiempo.
Veinte segundos de silencio, sé que solo fueron veinte segundos, la canción sigue siendo la misma, pero sentí mas de tres horas dentro de mí. Tú sigues estática ahí, por dentro solo me ruego que te acerques, me acaricies, me dejes arrimar mi cabeza en tu pecho y llorar, limpiarme de una sola vez. Tú eres más sabia, y solo me investigas con tu mirada, la siento quemando mi costado. Es hora de verte, mientras mi mirada viaja a encontrarte me fijo que alguien soplo las luces de la ciudad.
Poso mis ojos en ti, te ves tan lejana, fría y pálida. Tus ojos aún están hinchados y rojos, las consecuencias de mi actos, imagino. Fin de la canción y el ambiente se congela en el silencio. Dije mi línea, reconozco que fue estúpida, pero la dije te toca a ti. Pero es en vano la espera. El tiempo es eterno.
–Mira, no puedo reaccionar aún. Adoro tenerte a mi lado y no quiero que esto cambie nunca. Solo necesito tiempo para entender esto.
Eso es más sincero y un poco más directo, pero no te llega. No funcionan mis palabras, esperas oír algo distinto, algo que no me atrevo a pronunciar. Tu mirada se quedó profundamente clavada en mis ojos. Comprendo que no vas a hablar.
–Ana, lo lamento.– Y en ese momento la conexión entre mi boca y mis ojos se vulnera hasta el límite. Mis lágrimas logran que te muevas, tomas otro sorbo de tu café, debe haber pasado ya bastante tiempo porque aparenta estar frío. Bajas tu mirada a mis manos. La primera fase, el reconocer la falta.
Necesito más vino, te doy la espalda para volver a coger la copa y acabarme lo que queda en ella. Con la última gota cuatro palabras se clavan en mi mente como si las estuvieran escribiendo dentro de mi cerebro, como si me las gritaran al oído, como si las escribieran en la ventana, como si las tatuaran en mi piel… ELLA NO ESTÁ AHÍ.
---continuará---
Lo único que me vuelve a la tierra es el olor proveniente de la cocina a mis espaldas, ella está preparando café. No solo por curiosidad vuelvo mi cabeza, la puerta entreabierta que separa la cocina del comedor me deja ver algo de tu espalda y las tiras de tu vestido negro. Todavía no te cambias de ropa y en mi mente te lo agradezco. El mismo vestido negro que te tomó dos horas elegir, incluso sabiendo que solo lo utilizarás una vez, esta noche. Pestañeo repetidas veces, hay algo que no cuadra. Otro sorbo de vino, esta vez más largo.
Me desajusto la corbata y zafo dos botones de mi camisa. Cada vez son menos las luces de la ciudad frente a mí. El calor dentro de este lugar me desorbita. Oigo el sonido del café mientras lo viertes en una taza, la misma gran taza verde de siempre, dos cucharadas de azúcar y lo revuelves sin miedo a hacer bulla, no me incomoda. Un sorbo más de vino dejo la copa en el mueble junto al sofá. Estiro las piernas y asiento mi cabeza, miro el techo de madera y los tres focos que añaden a todos los objetos una especie de resplandor amarillo opaco. Sin siquiera tener contacto con la puerta cruzas el comedor y llegas a la sala. El olor del café es más penetrante que el del poco vino que reposa quietamente en mi copa.
No dices nada, es mejor así, te sientas a mi lado. El sofá se resbala un poco mientras te acomodas en él. Mi mirada sigue inamovible, te oigo acercar la taza a tus labios, sutilmente soplas y solo con los labios pretendes tomar un poco. Sé que debo decir algo, abro los labios sin saber qué sería lo correcto para romper el hielo. ¿Debo pedir perdón o pedirte que te vayas? Pero algo más grande dentro mío me aclara que debo dejar que la primera palabra la digas tú, suena lógico.
¬–¿Y?
De todas las palabras en todos los idiomas del mundo tuviste que elegir una sola letra para romper el hielo. Y precisamente esa, es tu excusa para no hablar, para dejar que yo lo diga todo, tu mejor intento de fuga.
–No sé,– murmuro yo mientras me doy un poco más de tiempo para razonar la situación. –No puedo hacerlo, no lo voy a aceptar. LO SABES.
Sí, lo grité. Eso último no lo tenia planeado. A veces el cerebro se adormece por segundos y deja que sea el alma la que tome el control. ¿Qué quise decir con eso? No sé como voy a tenerlo claro todo, necesito más tiempo.
Veinte segundos de silencio, sé que solo fueron veinte segundos, la canción sigue siendo la misma, pero sentí mas de tres horas dentro de mí. Tú sigues estática ahí, por dentro solo me ruego que te acerques, me acaricies, me dejes arrimar mi cabeza en tu pecho y llorar, limpiarme de una sola vez. Tú eres más sabia, y solo me investigas con tu mirada, la siento quemando mi costado. Es hora de verte, mientras mi mirada viaja a encontrarte me fijo que alguien soplo las luces de la ciudad.
Poso mis ojos en ti, te ves tan lejana, fría y pálida. Tus ojos aún están hinchados y rojos, las consecuencias de mi actos, imagino. Fin de la canción y el ambiente se congela en el silencio. Dije mi línea, reconozco que fue estúpida, pero la dije te toca a ti. Pero es en vano la espera. El tiempo es eterno.
–Mira, no puedo reaccionar aún. Adoro tenerte a mi lado y no quiero que esto cambie nunca. Solo necesito tiempo para entender esto.
Eso es más sincero y un poco más directo, pero no te llega. No funcionan mis palabras, esperas oír algo distinto, algo que no me atrevo a pronunciar. Tu mirada se quedó profundamente clavada en mis ojos. Comprendo que no vas a hablar.
–Ana, lo lamento.– Y en ese momento la conexión entre mi boca y mis ojos se vulnera hasta el límite. Mis lágrimas logran que te muevas, tomas otro sorbo de tu café, debe haber pasado ya bastante tiempo porque aparenta estar frío. Bajas tu mirada a mis manos. La primera fase, el reconocer la falta.
Necesito más vino, te doy la espalda para volver a coger la copa y acabarme lo que queda en ella. Con la última gota cuatro palabras se clavan en mi mente como si las estuvieran escribiendo dentro de mi cerebro, como si me las gritaran al oído, como si las escribieran en la ventana, como si las tatuaran en mi piel… ELLA NO ESTÁ AHÍ.
---continuará---
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